El género humano, al que muchos de mis lectores pertenecen, ha jugado desde siempre a juegos de niños y es probable que lo siga haciendo hasta el final, lo que supone un engorro para los pocos individuos maduros que hay. Uno de sus juegos predilectos es el llamado “Deja el mañana a oscuras”, o también (por los aldeanos de Shropshire, no me cabe duda) “Chotéate del profeta”. Los jugadores escuchan con suma atención y el mayor respeto todo cuanto los hombres con luces tienen que contar sobre lo que va a acontecer en la generación siguiente, esperan entonces a que todos aquéllos fallezcan para enterrarlos con decoro y luego siguen su camino y pasan a otra cosa. Eso es todo. Sin embargo, para un género de gustos sencillos no puede haber nada más divertido.
[...]
Ahora bien, en los albores del siglo xx el juego de “Chotéate del profeta” se complicó más que nunca. Ello era que había entonces tal cantidad de profetas y de profecías, que resultaba difícil mofarse de todas sus ocurrencias. El hombre que había hecho por su cuenta y riesgo algo atrevido y descabellado, quedaba al instante paralizado por la idea atroz de que aquello estuviese ya previsto. Nadie, ni el duque que se encaramaba a un poste ni el deán que se emborrachaba, podía sentirse plenamente satisfecho, pues siempre era posible estar cumpliendo una profecía. En los albores del siglo xx no había forma de saber qué terreno pisaban los listos. Abundaban tanto que un bobo resultaba harto excepcional y, cuando aparecía uno, la multitud lo seguía por las calles, lo enaltecía y le otorgaba algún alto cargo en el Estado. Y todos los listos se dedicaban a presentar informes de lo que iba a pasar en la nueva era, todos ellos muy esclarecedores, todos muy sesudos y desgarrados, todos muy dispares entre sí. Parecía, pues, que el inmemorial juego de la mofa de los antepasados ya no iba a poder jugarse más, porque los antepasados prescindían de la comida, del sueño y del ejercicio de la política, entregados como estaban a meditar noche y día sobre lo que sus descendientes podían hacer.
Pero los profetas del siglo xx tenían una manera muy suya de ponerse manos a la obra. Lo que hacían era observar esto o lo de más allá, algo que a todas luces ocurría en su tiempo, para luego decir que aquello no pararía de aumentar hasta que se manifestase un fenómeno extraordinario. Y solían añadir que en algún lugar inusitado aquello tan extraordinario ya se había producido, lo que constituía un signo de los tiempos.
[...]
Se supo entonces que los profetas habían puesto a la gente (que mientras tanto seguía con el viejo juego de “Chotéate del profeta”) en un aprieto sin precedentes. Parecía francamente difícil hacer algo sin que se cumpliese alguna de sus profecías.
Con todo, en la mirada de los peones, de los labriegos, de los marineros, de los niños y especialmente de las mujeres, había algo extraño que mantenía a los sabios en un estado febril o dubitativo. No podían escudriñar la estática fruición contenida en sus ojos. Todavía se guardaban algo bajo la manga: seguían jugando a “Chotéate del profeta”.
Hasta que los sabios se desbandaron y empezaron a gritar aquí y allá: “¿Qué nos deparará el futuro? ¿Qué será de Londres de aquí a un siglo? ¿Queda algo en lo que no hayamos pensado? ¿Casas vueltas del revés… más higiénicas, acaso? ¿Hombres que caminan con las manos… con pies más flexibles, eso sí? ¿La luna… automóviles… gente sin cabeza…?”. Y así siguieron con su deambular y sus interrogantes, hasta que murieron y fueron enterrados con decoro.
Después la gente siguió con lo suyo e hizo lo que le vino en gana. Pero ya no quiero ocultar más la triste verdad. La gente se había burlado de los profetas del siglo xx. En el momento en que el telón de esta historia se abre, ochenta años después de la fecha de hoy, Londres era casi exactamente igual a como es en la actualidad.
G. K. Chesterton – El Napoleón de Notting, Libro I, Capítulo 1
El vigesimosegundo arcano, sin número, puede considerarse indistintamente el último o el primero de la baraja … Se trata del mismo hombre que ha abierto el ciclo de los arcanos mayores, el Villano, que ha conseguido la verdadera sabiduría a través de sucesivos transitos de la vida iniciática. La del filósofo, la del ser distinto que por fin ha encontrado el valor para ir contracorriente, moviéndose dentro de sí mismo, por los caminos del corazón. La voz del loco es, pues, la voz de la verdad, ahora fuera de los esquemas y valores sociales, libre de condicionamientos, vínculos y afectos.





